MISIONES EXTRANJERAS

Misiones Extranjeras

1. El mandato misionero del Señor tiene su fuente en el amor eterno de la Santísima Trinidad: la misión del Hijo y la misión del Espíritu Santo según el plan de Dios Padre [1]. Y el fin último de la misión no es otro que hacer participar a los hombres en la comunión que existe entre el Padre y el Hijo en su Espíritu de amor [2].

Esta convicción está expuesta en el Concilio Vaticano II: «La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre»[3]. Y añade: «Este designio dimana del “amor fontal” o caridad de Dios Padre, que, siendo principio sin principio, engendra al Hijo, y a través del Hijo procede el Espíritu Santo» [4].

2. Juan Pablo II, en la Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, recuerda el compromiso de la evangelización como «prioridad para la Iglesia al comienzo del nuevo milenio… Hoy se ha de afrontar con valentía una situación que cada vez es más variada y comprometida, en el contexto de la globalización y de la nueva y cambiante situación de pueblos y culturas que la caracteriza. Hace falta, pues, reavivar en nosotros el impulso de los orígenes, dejándonos impregnar por el ardor de la predicación apostólica después de Pentecostés» [5].

3. La celebración del Año Jubilar Paulino ofrece a la Iglesia la oportunidad de renovar su espíritu misionero. El Apóstol de las Gentes nos recuerda la permanente urgencia de la misión: «Predicar el Evangelio no es para mí motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. ¡Ay de mí si no evangelizara!» (1 Cor 9, 16). La razón última de la que dimana esta necesidad de anunciar el Evangelio es, según el Apóstol, reconocerse amado por Jesucristo [6] y el deseo de transmitir a otros este amor.

Por ello los obispos españoles deseamos reafirmar nuestro compromiso con la misión universal de la Iglesia y sumarnos al deseo de Benedicto XVI, que nos invita «a reflexionar sobre la necesidad y urgencia de anunciar el Evangelio» [7] para, como san Pablo, manifestar «nuestra solicitud por todas las Iglesias» (2 Cor 11, 28).

4. En el actual Plan Pastoral de la Conferencia Episcopal para el quinquenio 2006-2010 proponemos la transmisión de la fe como uno de nuestros principales compromisos como pastores de la Iglesia. Para ello indicamos que la acción misionera se sitúa en el umbral mismo de la evangelización, porque tiende a «suscitar la fe, la conversión y la adhesión global al Evangelio del Reino. Este primer anuncio del Evangelio va dirigido, por una parte, a los no cristianos, es decir, a aquellos que nunca han tenido el don de conocer el mensaje revelado; en ellos, como en cualquier ser humano, subyacen “semillas de la Palabra” que son avivadas por el testimonio, la palabra y la acción misionera de la Iglesia»[8].

5. Leemos en la Exhortación Apostólica de Juan Pablo II Ecclesia in Europa: «La obra de evangelización está animada por verdadera esperanza cristiana cuando se abre a horizontes universales, que llevan a ofrecer gratis a todos lo que se ha recibido también como don. La misión ad gentes se convierte así en expresión de una Iglesia forjada por el Evangelio de la esperanza, que se renueva y rejuvenece continuamente. Esta ha sido la convicción de la Iglesia en Europa a lo largo de los siglos: innumerables grupos de misioneros y misioneras han anunciado el Evangelio de Jesucristo a las gentes de todo el mundo, yendo al encuentro de otros pueblos y civilizaciones. El mismo ardor misionero debe animar a la Iglesia en la Europa de hoy. La disminución de presbíteros y personas consagradas en ciertos países no ha de ser impedimento en ninguna Iglesia particular para que asuma las exigencias de la Iglesia universal» [9].

También son destinatarios los que han sido bautizados pero permanecen alejados de la fe y de la vida cristiana. El mismo documento dice: «Por doquier es necesario un nuevo anuncio incluso a los bautizados. Muchos europeos contemporáneos creen saber qué es el cristianismo, pero realmente no lo conocen. Con frecuencia se ignoran ya hasta los elementos y las nociones fundamentales de la fe. Muchos bautizados viven como si Cristo no existiera: se repiten los gestos y los signos de la fe, especialmente en las prácticas de culto, pero no se corresponden con una acogida real del contenido de la fe y una adhesión a la persona de Jesús»[10]. Prueba de ello son las iniciativas de diversas conferencias episcopales europeas, preocupadas por la misión ad gentes[11].

6.  Desde nuestra responsabilidad y nuestro compromiso misionero, deseamos dirigirnos a las Iglesias particulares, a las comunidades eclesiales y a todos y cada uno de los cristianos, invitándoles a escuchar con fidelidad la llamada del mismo Jesucristo: «Duc in altum» (Lc 5, 4). Esa mirada amplia y universal que nos estimula a remar mar adentro para pescar, para anunciar el Evangelio, cierra la Encíclica de Pío XII Fidei Donum[12] y abre la Carta Apostólica de Juan Pablo II Novo Millennio Ineunte[13], en la que, al finalizar la solemne celebración del Jubileo del nacimiento del Señor del año 2000, invitaba a la Iglesia del Tercer Milenio a asumir con nuevo ímpetu su misión evangelizadora.

Esta invitación de Jesús a mirar hacia adelante debe seguir resonando entre nosotros para que estemos dispuestos a mantener la ilusión y el entusiasmo de la misión, y «a recordar con gratitud el pasado, a vivir con pasión el presente y a abrirnos con confianza al futuro»[14].

I. LA MISIÓN EN LA VIDA DE LA IGLESIA

7. El Señor resucitado encargó a sus discípulos la tarea de ir a todos los pueblos[15] para dar testimonio «hasta los confines del mundo» (Hch 1, 8). Ellos, fortalecidos por la fuerza del Espíritu, continuaron con la misión que les fue encomendada. Así, desde los orígenes, los seguidores de Jesús salieron y se dispersaron para predicar la Palabra por todas partes (cf. Hch 8, 1.4). Esta será la convicción que hará que la Iglesia sea lo que hoy es: una Iglesia universal porque ha sido fiel a su Señor.

1. Dinamismo misionero de la Iglesia

La Iglesia, desde su nacimiento, ha consagrado sus esfuerzos a la evangelización del mundo entero. Aun en momentos de dificultades, de incertidumbres y de crisis, la comunicación del Evangelio a los hombres y la implantación de la Iglesia en las culturas y naciones se han mantenido gracias al fervor de la fe y a la presencia del Espíritu del Resucitado.

8.  La reciente conmemoración del L Aniversario de la Fidei Donum, que conserva toda su actualidad, nos sigue interpelando: «El don de la fe [...] exige que sin cesar mostremos nuestra gratitud al Señor»[16]. El servicio a la misión universal de la Iglesia es un gesto de reconocimiento: «El espíritu misionero, animado por el fuego de la caridad, es en cierto modo la primera respuesta de nuestra gratitud para con Dios, al comunicar a nuestros hermanos la fe que nosotros hemos recibido»[17].

9. El Concilio Vaticano II significó el momento privilegiado en el que la Iglesia entera, por medio de los obispos bajo la asistencia del Espíritu, manifestó solemnemente la hondura y la amplitud de su deber misionero en unas circunstancias históricas en las que apuntaba un cambio de época y de cultura en todas las partes del mundo.

En los años sucesivos los Papas han mantenido con fuerza la llamada a la misión universal y a la evangelización sin fronteras, a través de intervenciones luminosas y continuas. De modo especial Pablo VI, en la Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, y Juan Pablo II, en la Encíclica Redemptoris Missio, han ofrecido a la Iglesia católica un discernimiento valiente y decidido sobre las transformaciones que se estaban operando tanto en la sociedad como en la Iglesia. Han afirmado que el envío misionero sigue siendo urgente, porque está dirigido a toda la humanidad y, por ello, se encuentra siempre en sus comienzos.

10. El papa Benedicto XVI sigue recordándonos que el compromiso misionero brota del núcleo de la fe cristiana, del Dios que es Amor –Deus Caritas Est– y de la Eucaristía –Mysterium Caritatis–. El dinamismo misionero no es una tarea suplementaria o añadida al quehacer de la Iglesia, sino que es su misma razón de ser: la Iglesia existe para evangelizar; evangelizar es el gozo de la Iglesia [18]; ella existe porque hay que prolongar el designio del Padre realizado en la historia por la misión del Hijo y del Espíritu.

11. Deseamos hacer una mención especial a la celebración del solemne Jubileo convocado por Juan Pablo II para conmemorar el nacimiento de Jesús y para situar a la Iglesia en el dinamismo originario del envío de Jesús por el Padre bajo la acción del Espíritu. Su objetivo era introducir a la Iglesia «en un nuevo período de gracia y de misión» [19]. Dentro de la dinámica marcada por el Vaticano II, la bula de convocatoria Incarnationis Mysterium alentaba a la Iglesia «a extender su mirada de fe hacia nuevos horizontes en el anuncio del Reino de Dios» [20].

El Jubileo ha sido vivido, recordaba más tarde Juan Pablo II, «no sólo como memoria del pasado, sino como profecía del futuro. Es preciso ahora aprovechar el tesoro de gracia recibida, traduciéndola en fervientes propósitos y en líneas de acción concretas. Es una tarea a la cual deseo invitar a todas las Iglesias locales» [21].

La misión universal sigue en sus inicios. Descubrir esa realidad con gozo es la invitación que dirigimos a todos, desde una concepción auténtica e integral de la evangelización, como nos viene recordando el Magisterio ordinario de la Iglesia [22].

[1] Cf. CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad Gentes, 2.

[2] Cf. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 849-852.

[3] CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad Gentes, 2.

[4] Ibíd.

[5] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 40.

[6] Cf. Gal 2, 20.

[7] BENEDICTO XVI, Mensaje para la Jornada Mundial de las Misiones 2008.

[8] CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA, Plan Pastoral 2006-2010, n. 13.

[9] JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, 64.

[10] JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Ecclesia in Europa, 47.

[11] Recordamos los documentos publicados, entre otras, por la Conferencia Episcopal de Alemania (Allen Völkern Sein Heil, 23 de septiembre de 2004), la Conferencia Episcopal de Italia (Communicare il Vangelo in un mondo che cambia, 29 de junio de 2001) y el compromiso de la Conferencia Episcopal de Portugal como una de las conclusiones de su reciente Congreso Misionero Nacional en Fátima, 3-7 de septiembre de 2008.

[12] Cf. PÍO XII, Carta Encíclica Fidei Donum, 19.

[13] Cf. JUAN PABLO II, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 1-2.

[14] Ibíd., 1.

[15] Cf. Mt 28, 19.

[16] PÍO XII, Carta Encíclica Fidei Donum, 1.

[17] Ibíd., 1.

[18] Cf. PABLO VI, Exhortación Apostólica Evangelii Nuntiandi, 14.

[19] JUAN PABLO II, Carta Apostólica Tertio Millennio Adveniente, 39-54.

[20] Idem, Carta Apostólica Incarnationis Mysterium, 2.

[21] Idem, Carta Apostólica Novo Millennio Ineunte, 3.

[22] Cf. CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, Nota doctrinal acerca de algunos aspectos de la evangelización (3 de diciembre de 2007).